Las revisiones sistemáticas sobre cromoterapia encuentran estudios pequeños, heterogéneos y con alto riesgo de sesgo; no permiten concluir que el color, por sí mismo, trate enfermedad alguna. Los efectos que se observan en consulta se explican mejor por el contexto, la expectativa y el descanso que por la longitud de onda.
Es importante no confundir dos cosas que se parecen: la fototerapia —luz ultravioleta para la psoriasis, luz azul para el acné, luz brillante para el trastorno afectivo estacional— es medicina física con indicaciones, dosis y efectos adversos conocidos. La cromoterapia —asignar un color a un órgano o a una emoción— es una tradición simbólica. Mezclarlas hace que la segunda se atribuya los méritos de la primera.
Eso no la convierte en inútil como objeto de estudio: el color sí influye en la percepción, el ánimo y el comportamiento, y la psicología del color es un campo real. Lo que no sostiene es la pretensión de curar.
Regla de la casa
Aquí el color se estudia como lenguaje y como práctica de bienestar. No se prescribe, no se diagnostica y no se promete curación. Si un color le ayuda a estar mejor, úselo; si le prometen que sustituye un tratamiento, desconfíe.